Me entristece ver que aún hay gente que se dedica a vender ilusiones. A engañar. A vender espejitos de colores.
Hay gente que tiene la habilidad de armarte un mundo ideal, perfecto, con todo lo que una necesita. Las cartas de amor, las flores, los detalles, las palabras, las sorpresas. Y te ofrece vivir ahí, en esa burbuja de fantasía. Y te acompaña, y se involucra y participa. O al menos eso te hace creer.
Y yo, crédula, amé esa vida. Amé a ese hombre que me acompañó y estuvo. Y proyectamos y soñamos.
En cambio, el Ilusionista cree que la vida es una película. Cree que todo es "Medianoche en Paris". Y vivimos a ese ritmo, y bajo ese lema. El de "sólo felicidad" y nada de problemas. Y sí, una compra. Porque la mujer sueña con esa vida maravillosa, con el principe azul, con la familia ideal.
Hasta que un día, el Ilusionista, soberbio como es, decide que es hora de poner fin al acto maestro. Y la ilusión termina. Así como un pase de magia. Todo desaparece. Y él también.
Y acá queda la ilusionada. Buscando respuestas. Buscando fórmulas para revertir ese truco de desaparición. Buscando la forma de volver el tiempo atrás, pero éso, justamente eso, el Ilusionista no se lo enseñó.
El ilusionista desapareció. Junto con esa vida ideal. Junto con los sueños y proyectos que tan bien supo vender. Y una hubiese deseado que el Ilusionista le enseñe la fórmula del sueño eterno.
Porque éste presente, ésta realidad que ahora tiene frente a sus ojos, no es la que quiere. Esta realidad
es la que la destroza. La que le rompe el corazón. Porque ella había comprado y ahora se siente estafada.
Y ni siquiera le quedan fuerzas para odiarlo. Porque el Ilusionista era el compañero perfecto, y ella anhela ese tiempo, esos días, esas cartas, esas flores.
El ilusionista se fue, buscando vender fantasías a otros corazones ingenuos.
Ella se quedó, llena de dolor. Llena de incredulidad. No sabiendo porqué él le paga así.
El ilusionista se fue. Y ella deberá ahora, a aprender a comprar su muerte. Aunque se quiebre. Aunque sea plenamente conciente de que él no murió, sino que vaga por ahi, caminando las mismas calles que caminaron juntos de la mano. Aunque no tenga ni una respuesta.
Ella debe seguir. Ella tiene que seguir. No puede detener su vida por un vendedor de ilusiones
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